Centro Educativo Toratenu

B"H

Secundaria

Jueves 09 de Junio de 2016

Iom Hashoa

Para recordar la tragedia durante la Segunda  Guerra  Mundial nos visitó una sobreviviente de Auschwitz quien compartió sus dolorosas experiencias con nuestras alumnas.

Invitada por el departamento de Comunicación Eugenia “Genia” Rotsztejn de Unger nos contó sus vivencias.

Tiene 82 años. Nació en 1926 en Varsovia, Polonia. "Tenía una familia como todos”. Vivía muy bien. 

Genia y sus tres hermanos estudiaban y su padre tenía un puesto muy importante. Pero a los 13 años, cuando llegaron los nazis, se terminaron los privilegios. Comenzaron los bombardeos, la ciudad fue invadida, su padre fue obligado a renunciar. 

En Polonia había un clima de mucho antisemitismo, hubo muy poca gente que  colaboró con la causa judía.  Apenas entraron los nazis, obligaron a todos los judíos, Eugenia incluida, a usar una banda con la estrella de David amarilla en el brazo y empezaron a cerrar las calles, para formar el gueto. 

En 1940 Eugenia y su familia se vieron obligado a desplazarse al gueto de Varsovia: "Teníamos que agarrar sólo una bolsa y llevar algunas cosas y yo agarré mis muñecas. Mi mamá me dijo que lleve alguna ropa y yo le decía: `mamá mañana vamos a volver', y nunca más volvimos. En aquel entonces era una niña". 

Su infancia quedó ahí, ese día, en esa casa. Días después sería la eterna sobreviviente. 

Su adolescencia transcurrió en el Ghetto de Varsovia. De los cuatro hermanos (dos mujeres y dos varones), dos habían desaparecido, Renia y David, seguramente asesinados en la lucha diaria por la supervivencia en el Ghetto o quizás habían sido deportados a los campos de la muerte. Dentro del Ghetto, las matanzas eran habituales, lo que convertía los días en una agonía. La gente se moría en las calles, había montañas de muertos, cada vez más enfermos de fiebre tifoidea.

Fueron obligados a caminar hasta el Umschlagplatz del Ghetto, lugar donde se reunía a los prisioneros previo a su traslado a los campos de exterminio.  En el transporte, Eugenia se reencontró con su madre, pero a su padre y a su hermano Ygnasz nunca más los volvió a ver. 

Así llegó a Majdanek, el primero de varios campos de concentración por los que tuvo que pasar. Luego estuvo también en Auschwitz-Birkenau (donde participó de la Marcha de la Muerte), Ravensbruk, Rehov, Malahov. 

Cuando bajaban de los trenes, la mitad de los pasajeros, estaban muertos por asfixia, hambre, debilidad. En los campos los rapaban, les sacaban la ropa: “Hicieron de nosotros monos”. A Eugenia y a su madre, las alojaron en barracas repletas. Dieta de cáscaras de papas y zanahorias. Tenían que hacer sus necesidades en baldes, dormían de 7 u 8 en una cama, el agua estaba contaminada. Estas condiciones tan insalubres favorecían las enfermedades. Había piojos y sarna. A veces se levantaban y alguna de sus compañeras de cama estaba muerta. 

"Muchos no querían vivir más y se tiraban contra los alambres de púa, que estaban electrificados. Nuestra vida era levantarse y acostarse con la muerte. Nadie sabía cuando iba a la cámara de gas, era algo que vivíamos constantemente, pensábamos que un día todo terminaría y que nuestro fin estaba allí, que no había otra opción”. 


Auschwitz es un capítulo aparte para ella. Su brazo izquierdo tiene un sello, 48914, legado de esos días. “Nunca puedo olvidarme de Auschwitz, tengo todo grabado, nos dejaron marcas, no solamente en los brazos, también en todo el cuerpo, marcas que nunca se pueden cicatrizar”. 

Hasta el día de hoy no puede comer carne asada ni entrar a una pizzeria, porque le recuerdan su estadía en los campos. 

Eugenia, se escapó casi al final de la guerra, luego de la Marcha de la Muerte. Iba caminando con una compañera, más adelante, y le dijo “Nos llevan para matar… ¿por qué no nos escapamos?”... 

El nazi se fue atrás para mirar si todos caminaban y ellas aprovecharon para escapar por el camino. Se escondieron en un establo donde había vacas. Allí escucharon al nazi que le preguntó a una chica que estaba ahí si las había visto, porque se había dado cuenta de que faltaban dos personas. Siempre iban cinco en la fila. Luego abrió el portón, no vio nada y lo cerró. Eugenia y su compañera estuvieron allí todo el día. Le pidieron ayuda a la chica pero ella les dijo que no tenía nada. Entonces empezaron a buscar y a robar para comer y conseguir ropa. 

Lo que vino fue terrible también: "Verse libre, no tener adónde ir, no tener a nadie. Yo estuve tres meses en la calle durmiendo, pidiendo limosna. Había mucho peligro, tenés que esconderte todo el tiempo". 

Cuando terminó la guerra, intentó volver a Polonia a buscar a su familia. También pasó por un campo de refugiados donde durmió tres años en el suelo. Finalmente quiso viajar a Israel y el Mandato Británico no le permitió la entrada. Intentó irse a Estados Unidos, tenía los permisos, y no la dejaron. Hasta se le ocurrió volver a Auschwitz, sentía que allí estaba su lugar, era algo innato, es casi volver a que la asesinaran. 

Finalmente, llegó a Argentina de forma ilegal, con su pequeño hijo. Antes estuvo en Brasil y Paraguay. Lo recuerda como uno de los días más largos de su vida: una hora esperando en la frontera que zarpe el barco "Asunción". Llegó a las 4 de la madrugada, sin dinero ni valijas. Más tarde llegó su marido, David Unger, uno de los combatientes del levantamiento: ese fue otro comienzo. 

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